Érase una vez un pianista sublime que quiso sentarse en una silla de director de cine. El chico tenía el talento suficiente como para enterrar todo Londres con su música. A la edad de 19 años ya había decidido que aunque no se lo permitieran iba a salir a tocar de gira con un pseudónimo, iba a ser el mejor. Su mayor logro fue levantarse por encima de aquellos que quería que fuera un anónimo profesor en una Escuela bastante especial, pero que quería disfrazarlo con un frac de abogado y hombre de negocios.
Un día se quedó colgado de una niña que le pintaba partituras en la mirada. Él la llamaba estrella y salían a pasear bajo la lluvia de un sombrío Londres. Aunque el humo de las fábricas cubría el cielo de sus días, el pianista nunca dejó de arrancarle sonrisas a la niña. Pasaron los años y se tuvieron que separar, pues el joven tuvo que ir a la universidad a aprender a ser un hombre de provecho. Su padre se lo había pedido y como en su país de origen hay que seguir las instrucciones del padre, no había opción a fallo. El muchacho expresó su disconformidad y sus ganas de entregarse en cuerpo y alma a la música, pero el padre de éste, quien le preparaba un buen devenir, Fue así como el padre del chico le preparó un viaje con su mejor amigo y los embarcó en unos años de juventud en una ciudad aún más gris que Londres.
El chico tuve que dejar atrás a su estrella y con los años, aunque trataba de buscarla y de regalarle cajas de lápices y sueños envueltos en papel de Hamleys's. La niña siguió creciendo, quizás más rápido de lo que le hubiera gustado. Poco a poco el pianista se convirtió en un ángel que pasaba por su mente. Estaba sin duda hecho de esa materia que son las buenas personas, especialmente las que te calman en medio de una pesadilla. La niña puso en su cabeza que el ángel que le había enviado cajas de lápices y mantas no podía ser de verdad. Poco a poco trató de recordar que el mundo del que venía no tenía muchos héroes. En sus andanzas por un Londres de fábricas, escuelas parroquiales y poco dinero con el que comer, no existían salvadores que la ayudaran. Su padre, además, como también venía del país en el que los padres son la máxima autoridad, le prohibió contarle a nadie quién era.
Pasaron los años y esta historia subió el tono y el muchacho creció. La niña tuvo mucha suerte porque un buen día se la llevaron de su barrio del este de Londres y abandonó un agujero donde no hubiera terminado bien. Se la llevaron a una habitación bonita con una chica de clase alta. El pianista se hizo abogado, profesor y un gran mago. Ya lo era, pero al comprender que su padre le había marcado un camino por una razón, el chico creció y aprendió que en la vida todo sucede por algún motivo. Él también decidió poner a la muchacha en un rincón de su mente y pensar que era un ser de ficción. En su fuero interno, sabía que era de carne y hueso, pero quiso olvidarla.
Más años cubrieron las vidas de nuestros héroes y un buen día el destino inquebrantable, que todo o ve y lo teje, les unió. El muchacho se preparaba aquella mañana para recibir su primera lista de alumnos. A la hora del café de la mañana, frente a la mesa inundada de fruta y un desayuno que podría alimentar a familias enteras por una jornada. Miraba la lista. Vio un nombre que le inquietó y decidió aguardar antes de ponerse nervioso. Pero ya era demasiado tarde y su mente bullía con mil ideas, nombres a caballo y montañas de ideas conectando entre ellas.
La chiquilla, ajena a los sudores que ya le habían entrado a su futuro tutor, se preparó con su amiga del alma, su mochila, sus ganas de volar y su sus ilusiones. En el bolso no podía faltar la caja de lápices que le regaló una vez un ángel. Así que se puso el uniforme nuevo que le daría entrada a un mondo más adulto. Se hizo a la idea de que iba a aprender tanto que su vida iba a cambiar dando un giro de 180 grados.
Y así entró la chica en el aula, con la risa tonta de su amiga y buscando el pupitre que llevaba su nombre. Todo en aquella escuela estaba etiquetado y categorizado, así que vio que su mesa y la de su mejor amiga estaban junto frente a la del profesor.
Aquel individuo reposaba en su silla de docente, con el rostro escondido en una Odisea desgastada. Se le veía un mechón de pelo que a la niña le recordó a alguien. Cuando todo el mundo estuvo en sus puestos, el profesor levantó la mirada y se topó con la niña. Bajó el libro de la Odisea y sus miradas se cruzaron en un instante que se pintó de inexorable. La niña se quedó sin palabras cuando se dio cuenta de que su ángel estaba delante de ella, preguntándole si su nombre, tal y como aparecía en la lista, estaba correcto. Ella se quedó muda y solo reaccionó con el codazo de su amiga.
En las mentes de ambos solo resonaba una pregunta poco lógica dada la practicidad de la escena: "¿existes? ¿eres tú?" Y sí, aunque profesor y alumna estaban materializados uno frente a otro delante de otras 30 personas y tenían que continuar con la función, no podían dejar de hacerse este tipo de preguntas. Se quería tocar para darse cuenta de que no estaban hechos de la materia de la que los sueños son. El mundo se paró un instante para ellos y es aquí donde en realidad empieza nuestra historia.
